Barbaridades de la Biblia

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Nuestro tiempo está siendo testigo de una forma de aceleración en su historia; lo peor es el acercamiento de una disolución total de estas civilizaciones, civilizaciones que huyen hacia el consumismo, el nihilismo, el tecnicismo o el fundamentalismo.

Es sorprendente que en estos tiempos de crisis, para observar la propagación de la violencia, la acumulación de males que abruman a las naciones. Abramos el periódico y es la propagación del horror lo que se extiende por toda la tierra. Incluso Europa en su umbral está plagada de abusos y lágrimas que la hacen temer lo peor.

¿No creamos finalmente el lecho de la barbarie abandonando los valores morales, los hitos, los lazos, los pilares que nos hacían discernir el Bien y el Mal? Este período de relativización dio lugar a las ideologías más extremas, las de la de construcción del hombre, o las más fundamentalistas, las de su alienación.

Esta observación contemporánea nos remonta varios milenios atrás a aquel relato del Génesis que, desde la caída del hombre, esta ruptura con Dios ha entrado en un ciclo de violencia. Ciclo que comenzó con Caín: éste asesinó a su hermano. Sin embargo, Dios tiene la intención de romper este ciclo para no generar generaciones de asesinos; Él protege a Caín como la manifestación de una primera señal de Su gracia.

La violencia, como se describe en el libro del Génesis, se ha convertido en uno de los males que coronan las otras calamidades que atraviesan la humanidad. Pero, ¿quién es el responsable? La Biblia afirma que toda carne tiene esta responsabilidad: este es el comentario del libro del Génesis en el capítulo 6, verso 11.

Toda carne está corrupta, la tierra está llena de violencia. La violencia no es así y en sí misma el resultado de una categoría de hombres. Intrínseca y estructuralmente toda carne lleva dentro de sí esa dimensión de corrupción y violencia que es el resultado.

La violencia es destructiva en alguna parte y los traumas que la acompañan son devastadores. La violencia es tanto una cuestión de individuos como de organizaciones o estados. Los abortos, los crímenes, el terrorismo, el genocidio son ilustraciones de la violencia en su paroxismo y esto a diferentes escalas, desde el individuo hasta el Estado.

La violencia es el corolario de la barbaridad.

Las sociedades violentas están imbuidas de una forma de nihilismo de piedad, de una contra-humanidad. ¿Es la violencia entonces la traducción de la barbarie o el regreso a la barbarie primitiva?

La dimensión misma de la barbarie se ha convertido en una expresión que ha sido utilizada en numerosas ocasiones en los últimos meses por los medios de comunicación y las redes sociales para evocar la crueldad del Estado islámico (IE), la monstruosidad, la inhumanidad de los hombres que, bajo el pretexto de una ideología, intentan imponer una concepción religiosa y ultra-legalista de su mundo despreciando las culturas, los valores y las creencias de otros pueblos y otros seres humanos.

La expresión de esta brutal y atroz barbarie sacude nuestra comprensión y nuestras conciencias a la luz de un siglo XXI que está experimentando profundos cambios culturales, sociales, ecológicos y políticos. Un siglo súbitamente sacudido por imágenes feroces que reflejan la insensibilidad y la bestialidad de los hombres que se excluyen de la raza humana, tanto los actos cometidos nos horrorizan, dañan y hieren la propia imagen del hombre imagen de Dios, de un Dios compasivo.

La palabra bárbaro vuelve a los labios de todos, pero las palabras mismas son impotentes y a veces revelan sus límites. El uso de la palabra bárbaro cubre dos nociones que rechazan la crueldad y el arcaísmo. Esta crueldad se ha convertido en una forma de incultura empujada a su paroxismo pero asociada al arcaísmo. La ausencia de cultura no siempre ha caracterizado a los llamados bárbaros.

Contrariamente a la creencia popular, la barbaridad no siempre es inculta.

La historia reciente nos recuerda la ideología nazi, y algunas figuras crueles de esta ideología inhumana han estado enamoradas de las culturas. Estos mismos nazis llevaron a la cúspide las obras que han marcado a la humanidad, hasta el punto de protegerla.  El conocimiento civilizado y supuestamente policial de Europa no engendrará de alguna manera un monstruo, el propio monstruo celebrado por el filósofo Heidegger que no se escondió de compartir las teorías nazis.

Montaigne, en el capítulo de sus Ensayos titulado “Los caníbales” evoca con asombro una paradoja sobre la cultura antropológica: Lo más bárbaro no es necesariamente lo que uno se imagina a sí mismo. Así, lo más salvaje no es necesariamente lo que estamos acostumbrados a caracterizar por la vara de medir de nuestras construcciones culturales y representaciones de nuestra civilización que impactan e influyen en estas mismas representaciones.

 

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