La Interpretación de la Biblia en la Iglesia

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Este documento, de la Pontificia Comisión Bíblica, fue presentado al Papa Juan Pablo II por el Cardenal Joseph Ratzinger durante la audiencia del viernes 23 de abril de 1993, con ocasión de la conmemoración del centenario de la Encíclica de León XIII “Providentissimus Deus” y del quincuagésimo aniversario de la Encíclica de Pío XII “Divino afflante Spiritu”.

La interpretación de los textos bíblicos continúa despertando gran interés y discusión hoy en día. Incluso han adquirido nuevas dimensiones en los últimos años. Dada la importancia fundamental de la Biblia para la fe cristiana, para la vida de la Iglesia y para la relación de los cristianos con los fieles de otras religiones, se pidió a la Pontificia Comisión Bíblica que se expresara sobre este tema.

 

  1. Problema actual

 

El problema de la interpretación de la Biblia no es un invento moderno, como a veces se quiere hacer creer. La Biblia misma atestigua que su interpretación presenta dificultades. Además de textos claros, contiene pasajes oscuros. Cuando Daniel leyó algunos de los oráculos de Jeremías, se preguntó largamente acerca de su significado (Dan. 9:2). Según los Hechos de los Apóstoles, un etíope del primer siglo estaba en la misma situación con respecto a un pasaje del libro de Isaías (Is 53, 7-8) y reconoció la necesidad de un intérprete (Hch 8, 30-35). La segunda carta de Pedro afirma “que ninguna profecía de la Escritura es una cuestión de interpretación privada” (2 Pe 1,20) y observa, por otra parte, que las cartas del apóstol Pablo contienen “pasajes difíciles, cuyas personas ignorantes y sin formación tergiversan el significado como lo hacen con otras Escrituras para su perdición” (2 Pe 3,16).

 

El problema es, pues, antiguo, pero se ha agudizado con el paso del tiempo: a partir de ahora, para llegar a los hechos y a las afirmaciones de que habla la Biblia, los lectores deben retroceder casi veinte o treinta siglos, lo que no deja de plantear dificultades. Por otra parte, las cuestiones de interpretación se han vuelto más complejas en los tiempos modernos como resultado de los avances de las ciencias humanas. Se han desarrollado métodos científicos para el estudio de textos antiguos.

¿Hasta qué punto estos métodos pueden considerarse apropiados para la interpretación de la Sagrada Escritura?

La prudencia pastoral de la Iglesia ha respondido desde hace mucho tiempo de forma muy reacia a esta pregunta, pues a menudo los métodos, a pesar de sus elementos positivos, estaban vinculados a opciones opuestas a la fe cristiana. Pero se ha producido una evolución positiva, marcada por toda una serie de documentos pontificios, desde la encíclica Providentissimus de León XII (18 de noviembre de 1893) hasta la encíclica Divino Afflante Spiritu de Pío XII (30 de septiembre de 1943), confirmada por la declaración Sancta Mater Ecclesia (21 de abril de 1964) de la Pontificia Comisión Bíblica y, sobre todo, por la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II (18 de noviembre de 1965).

  1. El propósito de este documento

Es necesario, por tanto, considerar seriamente los diversos aspectos de la situación actual en lo que se refiere a la interpretación bíblica, estar atentos a las críticas, quejas y aspiraciones expresadas al respecto, apreciar las posibilidades abiertas por los nuevos métodos y enfoques y, por último, tratar de clarificar la dirección que mejor corresponde a la misión de la exégesis en la Iglesia católica.

Este es el propósito de este documento. La Pontificia Comisión Bíblica quiere indicar los caminos a seguir para llegar a una interpretación de la Biblia lo más fiel posible a su carácter humano y divino. No pretende pronunciarse aquí sobre todas las cuestiones que se plantean en torno a la Biblia, como, por ejemplo, la teología de la inspiración. Lo que quiere es examinar los métodos que puedan contribuir eficazmente a poner de relieve todas las riquezas contenidas en los textos bíblicos, para que la Palabra de Dios se convierta cada vez más en el alimento espiritual de los miembros de su pueblo, fuente, para ellos, de una vida de fe, esperanza y amor, así como de luz para toda la humanidad (cf. Dei Verbum, 21).

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