Mujeres Fuertes de la Biblia

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Mujeres y Cristo: encuentros inolvidables, figuras sorprendentes ofrecidas por el Nuevo Testamento, invitaciones a seguir los caminos de fe asumidos por estas mujeres ordinarias.

María, madre de Jesús, merece una larga parada para contemplar sus rasgos. Sorprenderse también por la manera en que una joven de la lejana Galilea confía totalmente en la Palabra escuchada por el ángel, la Palabra recibida de Dios. El Verbo dice San Juan, se hace carne. La Palabra brota en la tierra de la humanidad. 

Y María se convierte en esta madre que aprecia pero respeta, sin querer nunca retenerla ni detenerla, la vida de quien es el Salvador, el hijo amado de Dios.

Cuando se aparece en los Evangelios, María habla poco pero está presente. Y es a través de la vida de Jesús, confrontado con el misterio, expuesto a la brutalidad de la violencia humana. Ella vela por otro nombre de fe.

María vela también, como todos o quizás más que todos, por la Iglesia nacida en el Cenáculo, encerrada primero en el temor, pero expulsada inmediatamente por el Espíritu el día de Pentecostés.

Quizás el anuncio del ángel ya era Pentecostés, viniendo y acogiendo al Espíritu a través de María, una mujer sencilla y la figura más elevada de la fe.

En los retratos de las mujeres de los Evangelios, uno se encuentra con la de la mujer que estaba perdiendo sangre. Los tres evangelios sinópticos hablan de ello: Mateo, Marcos y Lucas. Las traducciones modernas a veces buscan palabras torpes para hablar de lo que la toca en su vida de mujer, en su maternidad obstaculizada por el mal.

Ella siente que tocar hasta el borde del manto de Jesús podría sanarla. Se derrite en el corazón de la multitud y se acerca.

Marcos lo cuenta maravillosamente e incluso extensamente. Jesús siente que alguien lo tocó. Se detiene de repente, para hablar con esta mujer, que espera todo de esta reunión.

Ella se arroja a sus pies y le cuenta todo lo que le sucedió. Y Jesús le habla, le da esta curación, este paso de la muerte -que simbólicamente la tocó en el lugar del don de la vida- a la vida. Sensación de la resurrección en ella. “Jesús le dijo: “Tu fe te ha salvado”, y un momento después le dijo a Jairo, que acaba de perder a su hija y a quien se le dice que todo ha terminado: “Jairo, tú también, haz lo mismo, ¡cree! Es necesario releer detenidamente este capítulo 5 de Marcos para comprender cuánto se corresponden estas dos cifras. La mujer, en la audacia de su fe, quizás trae consigo la fe de Jairo y la nuestra: el paso a la vida en el encuentro con Jesús.

El Cananeo Maravilloso

Mateo cuenta mejor una historia tan cercana (Mt 15, 21-28). Una mujer cananea, una extraña, se arroja a los pies de Jesús, segura de que puede curar a su hija. Pero los discípulos quieren echarla. Los está molestando. ¡Es una extraña!

Jesús mismo reconoce que sólo fue enviado “a las ovejas perdidas de la casa de Israel“! Tal vez así es como Jesús entendió por primera vez su misión.

Tal vez así es como la Iglesia se entendió a sí misma en primer lugar. Esta es la perspectiva que propone Mateo, desde su primer capítulo, para salir resueltamente hacia los gentiles al final de su Evangelio. Aún así, la mujer responde a Jesús de una manera abrumadora. No se puede robar el pan de los niños de la casa, dice Jesús, pero los perritos pueden lamer las migajas, responde ella, segura de que Jesús admira tanto la fe de esta mujer, que así parece llevar el evangelio a la tierra pagana. Hoy estamos en su estela, y también en la de muchos otros…

Las mujeres que acompañan a Jesús

Lucas es una buena guía para llamar nuestra atención sobre estas mujeres que siguen a Jesús en su ministerio (Lc 8:1 ss.). ¿Es porque era, dicen, un médico? Insiste en que Jesús los sanó de “espíritus malignos, enfermedades”. Pero en la Palestina del primer siglo, cada enfermedad es un signo de la presencia de un espíritu maligno en acción.

Estas mujeres “le sirven”, están lo más cerca posible de su proyecto, del proyecto de Dios. Estas son las mujeres que encontramos con Jesús en la hora de su muerte (Mt 27, 55ss; Mc 15, 40-47; Lc 23, 49-56; Jn 19, 25.38-42). Son modelos sencillos y absolutos de fe.

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