valores del cristianismo

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e impidió ardientemente el debate de ideas.

 

No se trata aquí de contar los puntos buenos o malos del cristianismo (y el compromiso de la Iglesia oficial no debe ocultar los sacrificios de los simples creyentes), sino de señalar que los valores “cristianos” parecen pesar mucho menos que el contexto social.

 

No es por sus valores cristianos por lo que Occidente debe su éxito, ya que éstos apenas lo han protegido de la injusticia y la guerra, sino por un contexto histórico particular, un cierto equilibrio de poder que ha permitido el surgimiento de instituciones que respetan a los individuos.

 

No es una coincidencia que el Estado de Derecho, el debate científico y la economía de mercado se hayan desarrollado más o menos en el mismo lugar y al mismo tiempo. Es el equilibrio de poder lo que hace posible el sufragio universal, la libertad de expresión y la protección de los ciudadanos contra los excesos del Estado. Los valores famosos, la igualdad, la racionalidad, la tolerancia o el trabajo, que supuestamente apoyan a estas instituciones, son sólo el correlato. Sólo surgen cuando las condiciones para su ejercicio están garantizadas por el entorno social.

 

El “sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia”, por poner el ejemplo de Benedicto XVI, no es por tanto específicamente cristiano. Por el contrario, son aspiraciones universales que sólo esperan condiciones institucionales favorables para expresarse.

 

Recordemos que la ciencia y la democracia nacieron en la antigua Grecia y sólo reaparecieron tarde en la historia del mundo cristiano. Notemos también que la religión sintoísta o la ética confuciana no han impedido que Asia sea tan próspera como Europa. Por último, pensemos en todos los pueblos del mundo que luchan por sus derechos contra regímenes corruptos y dictatoriales.

 

Así que dejemos de hablar de valores cristianos. Al reivindicar estos valores para nosotros mismos, simplemente estamos reivindicando a aquellos en Asia, África u Oriente Medio que confían en los llamados valores asiáticos o musulmanes para afirmar su poder y violar los derechos individuales. Defender la especificidad de Occidente y el carácter cristiano de nuestro mundo moderno es decir a millones de hombres y mujeres que no son realmente capaces de vivir en una sociedad libre e igualitaria. Sobre todo, es la pelea equivocada.

 

Lo que les falta a los musulmanes, por ejemplo, tanto en Occidente como en Oriente, no son valores nuevos -el islam es perfectamente compatible con el mundo moderno-, sino sobre todo buenas razones para creer que la democracia o el Estado de Derecho son posibles y que el mundo occidental está dispuesto a aceptarlos. Lo que falta son instituciones justas y eficaces. El fracaso de los Estados Unidos, Iraq y Afganistán, así como el fracaso de nuestros propios sistemas de integración, están ahí para recordarnos lo difícil que es la tarea.

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